Manifiestos y dictámenes

Un profesorado de calidad, factor clave para la educación

El Colegio Oficial de Doctores y Licenciados en Filosofía y Letras y en Ciencias de Cataluña, como colegio de los docentes, tiene como una de sus finalidades principales, reconocida por la normativa vigente, velar por la formación inicial y permanente de sus profesionales.

Por otra parte, como miembro destacado de la comunidad educativa, participa del clamor de la sociedad en demanda de la mejora de la enseñanza, y del consenso generalizado de que la mejora de la calidad educativa solo se puede conseguir a través de la excelencia del profesorado.

Para conseguir dicha excelencia, el acceso a la profesión debe estar condicionado a unas cualidades personales, a unas habilidades sociales y a unas competencias profesionales que la administración debe exigir con el mismo rigor con el que se exige para otras profesiones que puedan poner en riesgo la salud y la seguridad de las personas. El cuidado y la adecuada formación de las personas más jóvenes deben ser protegidos por la administración con los mismos controles y cautelas –tanto en lo referente a la incorporación a la profesión como a su ejercicio– que las profesiones antes apuntadas.

El Colegio quiere manifestar en este documento una serie de consideraciones sobre la formación inicial que se expresan siempre en el ámbito general. Su concreción por parte de la administración se debería llevar a cabo con mucha prudencia, posiblemente con el asesoramiento de comisiones específicas en las que el Colegio estaría dispuesto a participar, teniendo siempre cuidado de no crear nuevas rigideces que puedan acabar siendo contraproducentes.

Ingreso y selección

Creemos que es obvio que que tiene que haber una selección, y el consenso sobre este punto es total. No obstante, para decidir dónde hay que situar el filtro, en la entrada o en la salida, la administración debe valorar y estudiar a fondo las consecuencias de la opción elegida. Situar el filtro en la salida tiene la ventaja de que el aspirante dispone de tiempo para autoexaminarse y saber si la opción profesional que ha elegido es la que le conviene, pero tiene el inconveniente de que, si al final de todo el proceso no pasa el filtro, ha dilapidado una gran cantidad de recursos y de tiempo, al igual que los ha dilapidado la sociedad. Cabe preguntarse si la sociedad se puede permitir esta gestión de los recursos públicos, y si es ético exigir tal sacrificio al aspirante. Situar el filtro en la entrada tiene la ventaja de que la administración puede prever el número de profesionales que se necesitarán y adecuar la oferta formativa a las necesidades reales, sin dar falsas expectativas a quienes manifiestamente no reúnen las condiciones, y mejorar, en consecuencia, la eficiencia de la universidad. Cualquiera que sea la opción elegida, es imprescindible que la norma prevea elementos de flexibilidad que permitan dar una segunda oportunidad a quienes no superen el filtro.

Sobre las condiciones que deben tenerse en cuenta a la hora de valorar la idoneidad y que también deberían ser objeto de una cuidadosa ponderación, queremos mencionar que, además de las cualidades y habilidades personales y sociales inherentes al oficio, son elementos absolutamente imprescindibles un dominio muy profundo de la lengua y una amplia cultura general que vaya más allá de la especialidad elegida. Además, por supuesto, también lo son el dominio de la especialidad y su didáctica, ya que la capacidad docente no es etérea, sino que debe materializarse en una, o unas disciplinas concretas.

Por otro lado, a la hora de hacer la selección, el ejercicio práctico de la docencia debe tenerse imprescindiblemente en cuenta, debe ser suficientemente largo para permitir una reflexión contrastada sobre la propia práctica y debe ser determinante para evaluar la idoneidad, con independencia de dónde se ponga el filtro selectivo.

Estructura de la formación

La formación inicial debería ser lo más global posible, las prácticas deberían ser nucleares en la formación de los futuros docentes, y la mayor parte de los contenidos teóricos tendrían que ser una reflexión sobre algunos aspectos de las prácticas realizadas o deberían poder ser contrastados en las prácticas inmediatas.

Creemos que la formación teórica debe incidir especialmente en los requisitos antes mencionados: excelente dominio de la lengua propia y de otras lenguas, profunda cultura general, dominio de la especialidad y su didáctica, y conocimiento del sistema educativo y su función social, así como del código deontológico de la profesión docente.

En cuanto a la formación práctica, debe tener una considerable duración, y con plenas responsabilidades docentes. La duración de este período, así como su retribución, serán decididas por la administración tras una cuidadosa reflexión, y se tienen que poder modificar en virtud de los resultados y de la disponibilidad de recursos, evitando al mismo tiempo tanto la uniformidad retributiva con el profesorado ya formado como la posibilidad de que se conviertan en un subterfugio para abaratar el coste de la enseñanza.

También es muy importante la selección y la adecuada compensación del profesor sénior o experto, tutor de prácticas, así como su consideración y retribución como profesor universitario en el grado que se determine. Si no se hace, el papel vital de las prácticas en la formación de los nuevos profesores quedará desvirtuado. En la medida de lo posible, sería conveniente la selección, para la realización del prácticum, de los centros que destaquen por su calidad docente y organizativa. La existencia de centros públicos de gran nivel va ligada a la posibilidad de crear y mantener equipos y, en definitiva, al modo en que se plasma la tan deseada autonomía de centros.

La cultura de la evaluación del ejercicio profesional, adquirida en la formación inicial, como elemento clave para la mejora personal, del equipo y del conjunto del sistema educativo, debería perdurar, más allá del proceso selectivo, a lo largo de toda la vida.

Las oposiciones y la inducción a la docencia

El ingreso en la docencia en el sector público debe estar sujeto a un sistema transparente y efectivo que garantice la igualdad de los ciudadanos a la hora de acceder a los puestos de trabajo público, sin que la autonomía de centros y la configuración de equipos cohesionados que esta conlleva pueda relajarse o preterir esta exigencia. La estructura actual de las oposiciones debería replantearse en función del contexto del momento y del modelo de selección elegido para el máster, y el deseo ampliamente compartido de escoger a los mejores para la docencia se podría estimular muy eficazmente si la superación del máster con un expediente de excelente comportara el ingreso inmediato en el correspondiente cuerpo de profesorado público.

Una vez superadas las oposiciones, o el proceso de selección que pueda establecer cada centro privado, se debería prever un período de inducción a la docencia. Esta fase debería ir mucho más allá de los planes que ya hace tiempo aplican algunos centros para acoger al nuevo profesorado, o de la iniciativa y la buena voluntad del profesorado que, por sentido de la responsabilidad, se presta a título personal a acompañar los primeros pasos del profesor novel.

Sería necesario un período de tiempo intermedio entre la formación inicial y el ejercicio de la docencia en sentido pleno, que debería permitir la configuración de una verdadera identidad docente tras el acceso. La administración debería regular y sistematizar esta fase formativa, en la que los profesores expertos del centro acompañarían y supervisarían las diferentes tareas que realizaran los profesores noveles, analizando casos prácticos y resolución de problemas. En este sentido, los colegios profesionales de los docentes deberían colaborar organizando actividades formativas, dirigidas tanto a los profesores noveles, para completar la formación recibida y darles una visión más amplia que la que permite el propio centro, como al profesorado sénior, para facilitarle la comunicación de experiencias y de buenas prácticas.

5 de junio de 2012